martes, 7 de agosto de 2012

Concierto de The Cult (Sala Razzmatazz, Barcelona 17/07/2012)

The Cult: Hard Rock en piloto automático

Una vez más me encontré en la tesitura de tener que elegir entre gastarme la pasta para ver a unos clásicos de la historia del rock, actualmente de capa caída pero que en sus días de gloria no pude llegar a ver por pillarme demasiado joven; o ahorrármela, dejar que me lo contasen al día siguiente y quizás no volver a verlos jamás. En este caso se trataba de The Cult, la camaleónica banda británica liderada por Ian Astbury y Billy Duffy que acaban de publicar un nuevo disco titulado “Choose your weapon” y que se encuentran promocionándolo por los escenarios de medio mundo. Ni qué decir tiene que finalmente decidí asistir a mi cita con el rock and roll porque de lo contrario no estaría escribiendo esto, así que pasé por caja y me planté un martes por la tarde en la sala Razzmatazz para ver a los míticos The Cult y revivir así tiempos mejores

Como en todos los conciertos que tienen lugar en Barcelona en días laborables (que últimamente suelen ser la mayoría), la sala Razzmatazz abrió sus puertas muy temprano, sobre las 19:30h. para ser exactos, dando así tiempo suficiente al que quisiera entrar a presenciar la actuación de los teloneros de la noche, esa clase de bandas que supuestamente se encargan de calentar el ambiente antes de las actuaciones principales pero que a mí y a muchos de los asistentes a conciertos más nos molestan que otra cosa. Primero porque habitualmente a nadie le importa un carajo la banda telonera de turno, sea quien sea, y segundo porque lo único que consiguen estos grupos es retrasar el concierto que todo el mundo ha ido a ver. En esta ocasión los artistas invitados fueron la nueva reencarnación del grupo escocés G.U.N., la que fuera una banda de éxito a principios de la década de los noventa (y digo de éxito porque únicamente tuvieron uno, aquel “Better days” que pegó tanto la brasa en las cadenas musicales y en los programas de videoclips de aquella época) pero que tantas veces cambió de formación y de estilo a lo largo de su carrera. A decir verdad, no puedo opinar sobre la actuación de G.U.N. porque, entre meterme una hora antes a la sala Razzmatazz a cocerme de calor mientras toca un grupo que no me interesa ni lo más mínimo, y quedarme una hora más sentado en una terraza comiéndome un bocadillo y tomándome un par de cervezas hasta que se hiciera la hora del concierto de The Cult, opté por la segunda opción. Así que de G.U.N. no diré absolutamente nada.

El inicio de la actuación de The Cult estaba programado para las 21:00h. Sobre las 20:30h. la sala ya estaba llena hasta los topes de una legión de seguidores que no destacaban por su juventud precisamente. Visto lo visto, podríamos decir que The Cult no es una de esas bandas que hoy en día capten a las nuevas generaciones de seguidores a sus conciertos. Nada de eso. Los que hoy en día siguen a The Cult son aquellos que lo llevan haciendo durante toda la vida y muchos no sólo lo demostraron con sus canas, su alopecia galopante u otros signos inequívocos de la acumulación de años en el ser humano, sino también con sus camisetas (antiguamente negras, hoy ya grises) compradas en conciertos de las giras promocionales de discos como “Electric”, “Sonic Temple” o “Ceremony”. Estudios sociológicos y antropológicos al margen, como viene siendo habitual en los conciertos celebrados en la sala Razzmatazz durante los meses de verano, a medida que iba pasando el tiempo el calor, la humedad y la carga del ambiente hacían que la espera fuera realmente insoportable. Tanto es así, que antes de comenzar el concierto yo ya estaba pensando en la hora de salir. Para más inri, a las 21:15h. los técnicos aún andaban pululando por encima del escenario probando los instrumentos y los equipos de voces mientras una música de fondo absolutamente lamentable torturaba a los presentes.

Ya empezaban a oírse los primeros pitos entre el público y yo ya empezaba a derramar mi sexto o séptimo litro de sudor en lo que llevábamos de noche cuando, a las 21:30h., las luces de la sala se apagaron para dejar que el escenario se tiñera de un color verde selvático y que la música infame dejara paso a unos cánticos infantiles acompañados por una contundente percusión. Fue un claro anuncio de que, con más de media hora de retraso, en breves instantes The Cult iban a saltar a escena. Y así fue. Ian Astbury con pandereta en mano, gafas de sol, el pelo recogido en un moño y ataviado con una chaqueta con pelliza en el cuello (muy apropiada para le temperatura que teníamos en Barcelona, sí señor), y Billy Duffy con su mítica Gretsch blanca colgada del hombro y vestido con una camiseta negra sin mangas (se confirma que Billy Duffy es el listo del grupo), salían de los camerinos en la oscuridad y ocupaban sus lugares del escenario acompañados de la enésima formación de The Cult compuesta esta vez por Chris Wyse en el bajo, John Tempesta en la batería y Mike Dimkich en la guitarra rítmica. Sin mediar palabra, The Cult arrancaron el show con los temas “Lil' Devil”, “Honey from a knife”, “Rain” y “Fire woman” interpretados uno detrás del otro, con una brevísima pausa entre uno y otro, sin saludar, sin dar la bienvenida a la gente, ni nada de nada.

Y así, sin adornos, sin mucha parafernalia escénica, pero metiéndose en el bolsillo al acalorado público únicamente con sus canciones, The Cult completaron la cuarta parte del que iba a ser el “set-list” del concierto de Barcelona. Aunque pueda parecer extraño lo que voy a decir, el sonido era magnífico. Y digo que puede parecer extraño porque lo normal en Razzmatazz es que los conciertos se escuchen como si el que los presencia tuviera la cabeza metida en un water. No fue el caso del show de The Cult. Desde mi posición, justo delante de la mesa de control, el sonido era fenomenal y en particular la guitarra de Billy Duffy sonaba impecable aunque éste le echara bronca al técnico al poco de empezar el concierto por ese tipo de cosas de las que sólo el que está encima del escenario se percata. A Ian Astbury, por su parte, en ocasiones le costaba bastante llegar a las notas más agudas, y es que el paso de los años no le ha hecho demasiada justicia tanto física como vocalmente hablando. Pero en general, todo estaba sonando bastante mejor de lo que yo esperaba.

Fue después del aclamado “Fire woman” cuando Ian Astbury se dignó a dirigirse al público con un “¡Muchachos, muchachas, mucho caliente!” (no te jode, pues quítate la pelliza si tanto calor tienes) y anunciar que The Cult estaban de gira presentando un disco muy bonito llamado “Choose your weapon” al cual pertenecía la siguiente canción que iba a sonar: “Lucifer”. Este tema, que sirvió en su día como adelanto del nuevo LP de los británicos, antecedió a dos temas del álbum “Love”, concretamente “Nirvana” y “The Phoenix”, los cuales darían paso a “Embers”, aquella semi-balada incluida en uno de esos discos digitales bautizados como “Cápsulas” que hace unos años publicaron a través de Internet y que aportaron más bien poco a la discografía del grupo.

Y entonces llegó el momento surrealista de la noche. Viendo la entrega del público y consciente de haber sido bastante soso con ellos hasta el momento, Ian Astbury se vino arriba en banderillas y empezó a cantar el clásico cántico futbolero de “¡¡¡Campeones, campeones, oeoeoé!!!”. Al no recibir respuesta por parte de la audiencia, el tipo se extrañó y preguntó (en su idioma, claro): “España campeona de Europa de fútbol, ¿no?” a lo que parte del público le respondió con una sonora pitada y con los puños en alto apuntando con el dedo pulgar hacia abajo. No entendiendo nada, Ian Astbury contestó con un “Bueno, que le den por el culo al fútbol, vamos a hacer rock and roll”. Y es que eso sólo pasa en Barcelona. Muchos artistas extranjeros vienen a Barcelona y desconocen todos los líos de nacionalismos, independentismos, separatismos y catalanismos. Entonces, con la intención de ganarse al público, tan pronto pegan un berrido a los cuatro vientos con un “¡Viva España!” como yo he llegado a oír a los Symphony X o a Sebastian Bach, como te sacan una mega bandera española proyectada en las pantallas como yo he llegado a ver en el concierto de Aerosmith, como te sueltan cánticos de celebración de victorias de la Selección Española de fútbol como fue el caso de los The Cult. Independientemente de lo que piense cada uno sobre estos asuntos, la gente debería ser consciente de que los músicos no tienen ni puta idea de este tipo de movidas políticas, así que creo que se debería ser más comprensivo cuando pasan cosas de estas ya que a nadie le gusta recibir una pitada de forma gratuita y no es bueno para el buen transcurso de un concierto poner a los músicos en situaciones incómodas o embarazosas. Por su parte, los músicos deberían centrarse más en hacer música y en ser buenos artistas encima del escenario que en meterse en berenjenales de este tipo, o al menos deberían informarse o ser informados un poco mejor de la cultura del lugar que visitan antes de meter la gamba. Ejemplo de ello son Bruce Springsteen, Bon Jovi o los Rolling Stones por poner algunos ejemplos, que incluso llegaron a dirigirse al público de Barcelona en catalán.

Pasado este momento absurdo, The Cult encarrilaron la recta final del concierto con una colección de canciones compuesta por “The wolf”, “Wild flower”, “Rise” y “For the animals”, todas ellas bastante más oscuras que las que habían sonado hasta el momento. Como en el resto del concierto, cada uno de los miembros del grupo iba a lo suyo, sin muchos aspavientos, sin apenas intercambios de miradas entre los dos líderes Ian Astbury y Billy Duffy, únicamente con algún que otro intento de malabarismo de Asbury con su pandereta y algún molinete con el brazo derecho sobre la guitarra por parte de Duffy, pero poco más. Vamos, más o menos como el que está trabajando en una línea de montaje y ya está esperando a que llegue la hora del bocadillo. Y más o menos fue esto lo que pasó a continuación, lo del bocadillo digo, porque tras este bloque de temas pesados y, en mi opinión, bastante “corta-rollos”, le llegó el turno al clásico “She sells the Sanctuary” con el que la banda se retiraría a los camerinos (quién sabe si a por el bocadillo) antes de dar inicio al primer y único “bis” de la noche.

A esas alturas del concierto (ya eran las 22:30h. pasadas), con todos los clásicos de The Cult ya interpretados y con el tremendo calor que estábamos soportando en la sala, el que escribe lo que menos deseaba era un “bis” largo que le hiciera permanecer allí una hora más. Sí, había pagado mi entrada y no barata precisamente, pero mi cuerpo necesitaba oxígeno y mi piel aire fresco. Al parecer el grupo debió escuchar mis deseos. Pasados unos minutos, The Cult volvieron a aparecer en el escenario con Ian Astbury hojeando un ejemplar del diario El País. Por lo visto alguno de los redactores del rotativo había escrito algo sobre él y no le debió gustar demasiado porque empezó a despotricar contra la prensa, soltó el sonido de un cuesco contra el micrófono, hizo como si se limpiara el culo con el periódico y lo tiró al suelo bajo los aplausos de la gente que, me apostaría el cuello, la mayoría no entendió nada. Tras este acto de rebeldía y transgresión (nunca jamás otro músico de rock ha rajado contra la prensa, qué va) iniciaron la fase final del concierto, una fase final que comenzó con la tristona “Life \ Death” extraída del último LP del grupo y que acabó de forma apoteósica con “Spiritwalker” y “Love removal machine” durante las cuales Ian Astbury decidió soltarse el pelo y quitarse la gafas de sol para que todos viéramos que realmente era él y no el hijo secreto de Jack Nicholson.

Y de esta forma, a las 23:00h. clavadas, The Cult completaron su concierto de algo menos de una horita y media, un concierto que podríamos decir que fue magnífico en lo musical. Tocaron los principales temas de su nuevo álbum, los grandes éxitos de la historia de la banda, sonaron bien en una sala poco propensa a sonar bien y, en resumen, aprobaron con nota alta la asignatura de la elección y despliegue de un repertorio encima de un escenario. En lo que se refiere a la magia, a la química, y a la conexión entre músicos y público y entre los mismos músicos, la banda de Asbury y Duffy suspendió con un muy deficiente. The Cult vinieron a Barcelona a cumplir y eso fue sin duda lo que hicieron. Ni más ni menos.

domingo, 15 de julio de 2012

Restiamo uniti

Tiempos de mierda son los que nos están tocando vivir. Cinco millones y medio de parados en España, incremento del I.V.A. del 18% al 21% y del 8% al 10%, eliminación de la deducción fiscal por la adquisición de una vivienda, importante reducción de la prestación por desempleo, etcétera, etcétera, etcétera. ¿Y qué podemos hacer los ciudadanos de a pie para combatir esta situación en la que nos encontramos y estas medidas que nos imponen nuestros gobernantes al amparo de una mayoría absoluta que, por otra parte, nosotros mismos les hemos dado? Pues, de momento, lo primero que debemos hacer es una cosa bien sencilla: Permanecer unidos. Éste fue precisamente el mensaje que el cantante italiano Gianni Morandi lanzó al pueblo italiano durante el pasado Festival de San Remo y el que hoy mismo el piloto Valentino Rossi ha querido recuperar en el diseño de su casco con motivo de la celebración del Gran Premio de Italia del Mundial de Motociclismo.

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, desde el blog de El Artista Multimedia a mí también me gustaría enviar este mensaje a todos aquellos que sufren en sus carnes o en las de la gente a la que quieren los efectos de la crisis y de las medidas que desde arriba se toman para, supuestamente, acabar con ella. Porque la unión hace la fuerza: “Restiamo uniti”


Autor: MotoGP.

domingo, 8 de julio de 2012

Concierto de Sebastian Bach (Sala Bikini, Barcelona 20/06/2012)

Cómo alcanzar la madurez sin perder ni un ápice de dignidad

No tenía ni pajolera idea de que Sebastian Bach, ex-líder y vocalista de la mítica banda de hard-rock de los 90's Skid Row, se encontrase de gira por Europa promocionando su último álbum en solitario titulado “Kicking and Screaming”. De hecho es que ni siquiera sabía de la existencia de este disco porque, la verdad sea dicha, ando bastante desconectado de todo lo que tiene que ver con el heavy-metal, género que en su día me interesó pero que hoy por hoy y a mi edad, encuentro un tanto caduco y pasado de rosca. Lo último que sabía de Sebastian Bach era que estuvo teloneano a los nuevos Guns N' Roses de Axl “Botijo” Rose (lo cual le trajo a Barcelona hace un par de años) y poco más. El caso es que cuando me dijeron que Bach volvía a Barcelona y me animaron a asistir al concierto, tuve mis dudas. Por un lado, gastarme 31 Euros en el concierto de un cantante venido a menos, un miércoles laborable, no me apetecía demasiado. Pero por otro lado, por ser en la sala Bikini (sala en la que por sus dimensiones y sus propiedades acústicas se disfruta de la música mucho más que en cualquier otra) y pensando con la misma mentalidad que me hizo ir a ver a Bon Jovi y que me ha hecho comprar una entrada para ver en Octubre a Extremoduro, al final decidí ir a ver a Sebastian Bach porque, a pesar de no estar dentro de mis artistas preferidos, quién sabe si voy a volver a tener la oportunidad de verlo alguna otra vez. La verdad es que no pude tomar mejor decisión.

Las puertas de Bikini se abrieron sobre las 20:00h. aunque no fue hasta las 21:00h. cuando dio comienzo la actuación de los teloneros, una joven banda de Madrid llamada Ángeles que cumplían a rajatabla todos los patrones estilísticos del hard-rock californiano de principios de los 90’s pero que demostraron tener mucha más actitud y pose rockera que talento musical. Seamos justos, no tocaban del todo mal, pero la verdad es que transmitieron más bien poca cosa. De su actuación destacaría momentos puntuales como cuando su cantante y guitarrista (el tal Alone) olvidó la letra de su propia canción o como cuando él mismo se colgó del hombro una guitarra Gibson Flying V blanca con la que a cualquier guitarrista se le caería la baba, pero que cuando se dispuso a tocarla ésta no funcionaba. En general, Ángeles no aportaron demasiado en una noche en la que todo el mundo venía a ver a un mito del hard-rock mundial como es Sebastian Bach y sólo con su versión del tema “Sin City” de AC/DC cantado por el guitarrista principal (el tal Bastard que, por cierto, demostró cantar bastante mejor que el tal Alone) consiguieron enganchar al aforo de la sala Bikini poco antes de abandonar las tablas. Finalizada la actuación de Ángeles, su bajista (el tal Wild) y su batería (el tal Jota “El Choclo”) se volvieron locos regalando entre el público asistente copias del primer EP de la banda y baquetas de batería como si no hubiera mañana.

Antes del inicio de la actuación de Ángeles y durante el descanso previo al concierto de Sebastian Bach aproveché para observar al público que paulatinamente iba poblando la sala Bikini. Si alguien hubiera grabado imágenes de los asistentes y más tarde me las hubiera pasado diciéndome que habían sido registradas en el año 1986 ó 1987, yo me lo hubiera creído sin dudarlo ni un segundo. Y es que siempre que se celebra un concierto de alguna leyenda del heavy de los 80’s ó 90’s, los recintos se acaban llenando de gente que parece que de pequeños se cayeron dentro de una marmita llena de heavy-metal o de gente que parece haber quedado atrapada en el tiempo y que pasen los años que pasen seguirá conservando su aspecto basado en pelo largo, color negro y cuero. Existen pocos géneros musicales en los que tenga lugar un fenómeno de fidelidad tan absoluta a una forma de entender, vivir, vestir y peinar la música por parte de sus seguidores independientemente de la edad que se tenga, y uno de ellos es el heavy-metal.

A eso de las 22:00h., los músicos que acompañan a Sebastian Bach en esta gira, es decir, el veterano Bobby Jarzombeck en la batería, el insultantemente joven Nick Sterling en la guitarra principal y Johny Chromatic y Jason Christopher en la guitarra y el bajo respectivamente, ocupaban sus posiciones en el escenario para arrancar con el apabullante tema de Skid Row “Slave to the grind”, al cual se incorporó, saliendo lanzado desde el “backstage” como alma que lleva el diablo, un Sebastian Bach ataviado con un chaleco de ante amarillo y unos pantalones brillantes de rayas rojas y azules. Los Wattios de potencia de las guitarras, el doble bombo de la batería y el más de metro noventa de Sebastian Bach agitando su larguísima melena, emitiendo alaridos con su desgarradora voz y dándole vueltas al micrófono como si del lazo de un “cowboy” se tratase, provocaron una sensación entre los asistentes al concierto similar a la que se debe de sentir cuando te sueltan seis toros bravos por la calle Estafeta de Pamplona durante cualquier encierro de las fiestas de San Fermín. Hacía tiempo que no veía empezar un concierto con semejante catarata de energía en un recinto tan pequeño.

Tras dar la bienvenida al público barcelonés y manifestar su amor por la Ciudad Condal, por su gente y por la obra de Gaudí (llegando incluso a comparar el diseño de sus pantalones con el estilo modernista del arquitecto catalán), la banda interpretó dos temas de su nuevo álbum, el homónimo “Kickinng & Screaming” y “Dirty power”, para acto seguido continuar con un par de temas más de Skid Row: “Here I am” y “Big guns”. Fueron pocos los temas de “Kickinng & Screaming” que sonaron durante todo el concierto, pero es que, no nos engañemos, dudo mucho que una mayoría de los allí presentes comprásemos nuestra entrada para escuchar en directo temas de Sebastian Bach en solitario y no para disfrutar de los clásicos de Skid Row de toda la vida.

Durante toda la actuación pudimos ver a un Sebastian Bach bastante en forma y disfrutando, con cuarenta y cuatro años de edad, de una segunda juventud. Para un tipo que ha llenado estadios, que ha tocado en Wembley, en el Rock in Rio, en Tokio y en grandes festivales compartiendo cartel con gente como Guns N’ Roses (en sus buenos tiempos), Metallica o Bon Jovi, verse de repente girando por pequeñas salas con un aforo máximo de quinientas personas y en días entre semana, sin lugar a dudas es como para un equipo de fútbol pasar de jugar la Champions League a jugar en Segunda División B. Aún así, Sebastian Bach se entregó al máximo, disfrutó e hizo disfrutar a la gente que fuimos a verlo con humildad, simpatía, buen rollo y ningún síntoma de estrellitis. Sin ir más lejos, bromeó con el hecho de que la última vez que vino a Barcelona tuvo el placer de compartir escenario con Guns N’ Roses y que, por esa razón, aquella noche quería invitar a subir al escenario a… ¡Axl Rose!... Evidentemente era broma, pero el joven Nick, siguiéndole el rollo, lanzó un “You know where you are????” imitando la voz de Axl en el tema “Welcome to the jungle” que pilló por sorpresa e hizo reír al propio Sebastian Bach.

Después del primero de los “gags” cómicos de la noche (que no sería el último), el show continuó con dos temas de relleno del anterior álbum de Bach “Angel down”, concretamente “(Love is) a bitchslap” y “Stuck inside” para, con buen criterio, continuar con otros dos éxitos de Skid Row como son “Piece of me” y “18 and life”, este último uno de los momentos estelares de la noche al que le siguió el segundo número cómico, esta vez a cargo de Nick Sterling. Si en cualquier concierto que se precie el público tira camisetas al cantante y éste y sus músicos obsequian al público con botellas de agua para paliar el calor y púas de guitarra, en esta ocasión Nick Sterling dio un giro de tuerca a la interacción músico-público e hizo algo que nunca he visto en todos mis años de espectador: Repartir plátanos entre el público. Sí, por lo visto el chaval se saca al escenario agua y fruta para ir reponiendo fuerzas durante los conciertos, y ante las muestras de entusiasmo y satisfacción de la gente pues quiso compartir su fruta con ellos. Francamente quedé bastante perplejo con este asunto porque jamás he visto ni creo que vuelva a ver a un guitarrista de rock lanzar plátanos al público, la verdad.

Y llegados a este punto dio comienzo la recta final del concierto la cual tuvo cierta irregularidad en la calidad de los temas elegidos. Este último bloque comenzó con una versión del tema “American metalhead” del grupo PainmuseuM que Sebastian Bach rebautizó como “Spanish metalhead”, y continuó con “As long as I got the music” (otro tema del último álbum de Bach) y una versión improvisada del tema “I want you to want me” de Cheap Trick de la cual ni los músicos se sabían las notas y el tono. De hecho, pareció más una broma interna de la banda que un tema del repertorio propiamente dicho. Tanto buen rollo y tanto cachondeíto provocó que, sin venir a cuento, desde las filas delanteras alguien le entregara a Sebastian Bach una “cheeseburger” de McDonals a lo que éste respondió con un “What the hell is this?”. Evidentemente Sebastian Bach ni la probó, pero Nick Sterling no tuvo ningún reparo en zampársela ante una gran ovación del público barcelonés. Después de este interludio cómico-gastronómico, el concierto prosiguió con el mítico “Monkey Business” de Skid Row y con los tres últimos temas de “Kicking and Screaming” que sonaron en toda la noche: “My own worst enemy”, “I’m alive” y “Tunnelvision”.

Quizás tanto tema seguido del último disco apagó un poco el entusiasmo de la gente, no por ser estos malos temas ni muchísimo menos, sino porque evidentemente no transmiten lo mismo que los temas clásicos de Skid Row, y más cuando aún quedaba alguno de los más importantes por sonar. Dos de ellos fueron los que Sebastian Bach se guardó sabiamente para el final del concierto. Creo que fueron pocos los asistentes que al ver a Nick Sterling colgarse la guitarra acústica no se imaginaron el tema que iba a sonar a continuación. Efectivamente se trataba de “I remember you”, posiblemente una de las baladas heavy más famosas de finales de los 80’s y principios de los 90’s que puso la piel de gallina a muchos de los allí presentes entre los cuales me incluyo. Tras él le llegó el turno otro himno imprescindible de Skid Row, “Youth gone wild”, con el que Sebastian Bach y los suyos acabaron el concierto y con el que se despidieron de la Ciudad Condal, no sin antes lanzar al público a modo de “frisbee” unos parches de batería firmados por todos los músicos.

A pesar de que Sebastian Bach físicamente ya no es lo que era, de que en ocasiones dio muestras de no llegar vocalmente hasta donde hace unos cuantos años llegaba con creces y de abusar bastante del “reverb”, en general el de la sala Bikini fue un magnífico concierto, cargado de fuerza, de nostalgia para aquellos que en su día conocimos a Sebastian Bach como cantante de Skid Row, y de buen rollo y buena química entre músicos y público. Además, durante todo el concierto el cantante canadiense nos dio a todos una lección de profesionalidad dejando claro que los músicos han ganarse al público día a día manteniendo la dignidad a través del trabajo bien hecho, en lugar de vivir eternamente del pasado y de los días de gloria que se fueron y nunca volverán como hacen muchas de las viejas estrellas que todavía siguen en activo arrastrándose por los escenarios de medio mundo. Un diez para el señor Bach.

sábado, 12 de mayo de 2012

Guns N' Roses ingresan en el “Rock N' Roll Hall of Gilipollas”

Tenían a todo el mundo esperando este día. Guns N’ Roses, le pese a quién le pese la banda de rock más grande de los años noventa, habían sido seleccionados para ingresar en el “Rock N’ Roll Hall of Fame” y empezaba a vislumbrarse en el horizonte la posibilidad de que la banda original formada por Axl Rose, Slash, Duff McKagan, Izzy Stradlin’ y Steven Adler pudiera reunirse encima de un escenario y zanjar así antiguas disputas que han mantenido al grupo más de quince años separado. El día se acercaba y todos los rumores apuntaban a que sí, a que lo iban a hacer. Los foros, redes sociales y comunidades de seguidores de Guns N’ Roses echaban humo y rebosaban de emoción y de ganas de que así ocurriera. Pero de repente, el tonto de los cojones de Axl Rose publicaba un comunicado anunciando que no iba a estar presente durante la ceremonia de introducción de Guns N’ Roses en el “Rock N’ Roll Hall of Fame” y que como miembro del grupo declinaba su inclusión en dicho salón de la fama. De repente, y una vez más, una cojonada del excéntrico y ególatra vocalista de Guns N’ Roses mandaba a tomar por el culo todas las ilusiones de millones de fans.

El caso es que la ceremonia se celebró, Guns N’ Roses ingresaron en el Salón de la Fama del Rock and Roll, y Slash, Duff McKagan, Steven Adler y Matt Sorum (estos dos últimos alternándose en la batería) se juntaron en el escenario para tocar “Mr Brownstone”, “Sweet child o’ mine” y “Paradise City” acompañados de Gilby Clark (que en el año 1992 substituyera a Izzy Stradlin’, el cual tampoco quiso ir a la ceremonia) en la guitarra rítmica y Myles Kennedy (el nuevo vocalista del proyecto en solitario de Slash) en la voz cantante. La actuación, un fragmento de la cual puede verse en el vídeo adjunto, fue impecable. Duff y Slash estuvieron en su línea habitual, a Steven se le vio muy emocionado de volver a tocar viejos temas de la banda con sus antiguos hermanos, Myles Kennedy lo bordó, y los discursos de Steven, Slash y Duff fueron del todo correctos y muy emocionantes, pero evidentemente no fue lo mismo. Qué duda cabe que estando Izzy Stradlin’ y, sobre todo, Axl Rose, aquel hubiera sido un día para recordar, pero no pudo ser. De todas formas, conociendo el historial de conductas del imbécil de Axl Rose, no sé por qué cojones en algún momento los seguidores de Guns N’ Roses pudimos llegar a tener alguna esperanza de que la reunión de los Guns N’ Roses originales se hiciera realidad.

domingo, 6 de mayo de 2012

La Vietnamita

Lo malo que tiene la democracia es que uno casi nunca puede imponer su voluntad ante la de los demás y por lo tanto, muchas veces se hace necesario acatar la voluntad de una mayoría por mucho que se tenga claro que dicha mayoría está equivocada por completo. Pero bueno, no dramaticemos, que la democracia también tiene muchas cosas buenas. Una de ellas es que cuando queda demostrado que una decisión tomada democráticamente no ha sido del todo buena o que directamente ha sido un error como tú antes habías vaticinado, puedes criticarla libre y abiertamente y soltar a los cuatro vientos el clásico: “¡Os lo dije!”. Es eso precisamente lo que voy a hacer en este artículo. El pasado viernes fui a comer con unos compañeros a un lugar que desde el minuto uno de saber que era el lugar elegido yo ya vi que no pintaba nada bien. Se trata del restaurante (por llamarlo de alguna manera) La Vietnamita.

Ubicado en el corazón del barrio de Gràcia de Barcelona, barrio guay por excelencia de la Ciudad Condal, La Vietnamita es un local que se anuncia como un lugar de comida rápida, fresca, sana y de precio razonable, basada en la unión de alimentos frescos y preparados típicos de la cocina vietnamita que se ponen a disposición del cliente a través de un menú minimalista pero versátil. Toma ya. A priori, con esta carta de presentación, la verdad es que el restaurante puede pintar bien, pero a mí personalmente los conceptos “minimalista”, “versátil”, “comida rápida” y “vietnamita” en la definición de un restaurante ya me dieron muy mala espina. Prejuicios hacia la comida asiática al margen, cuando uno entra en La Vietnamita lo que se encuentra es un local verdaderamente pequeño, decorado con lámparas de caña y pizarras por doquier, provisto de unas mesas alargadas y comunitarias (vamos, que puede tocarte comer en la misma mesa que un tipo al que no conoces de nada) intentando emular los chiringuitos callejeros de comida tan típicos en las abarrotadas ciudades orientales, y en cuyo ambiente reina un aroma que podría definirse como una mezcla entre cilantro, arroz hervido y fritanga. No en vano, la separación entre la cocina y el espacio de los comensales consiste únicamente en la propia barra del local.

Por lo que respecta al servicio, éste deja bastante que desear. Y no es porque sea malo, no, es porque es totalmente inexistente. Nada más llegar, uno de los camareros se acerca al sitio ocupado por los clientes y les lanza sobre la mesa una carta plastificada con los platos disponibles y un rotulador Velleda para que cada uno de ellos apunte su nombre y marque con una cruz lo que desea tomar. Una vez completada la selección, son los propios clientes los que tienen que acercarse a la barra y devolver la carta marcada con sus selecciones a los cocineros para que estos preparen los platos y a continuación pagar por anticipado. Sí, así es, en La Vietnamita se paga antes de comer. Además, el personal del local no se ocupa ni de preparar las mesas, ha de ser el propio cliente el que se acerque a buscar las servilletas, los cubiertos o los palillos (en caso de preferir comer con palillos que con cubiertos) a un armario ubicado justo al lado de la puerta del lavabo. Y eso no es todo. Una vez los platos han sido preparados, los clientes son llamados a gritos desde la barra para que se acerquen a recoger su propia comida y, lo peor, cuando acaban de comer han de limpiar ellos mismos su mesa y dejar sus platos, vasos y cubiertos en unas bandejas de metal colocadas en el mismo armario donde se encuentran los cubiertos y las servilletas. Vamos, que el servicio de La Vietnamita es “minimalista” y “versátil” a más no poder.

En cuanto a la comida propiamente dicha, esto ya es un tema totalmente subjetivo y puede que haya gente a la que los platos de La Vietnamita le parezcan lo más de lo más de la comida asiática, pero si tengo que expresar mi opinión, diría que ni las ensaladas, ni los arroces, ni los fideos, ni los postres, ni los batidos, ni las limonadas, ni absolutamente nada de nada entraría dentro de lo que yo entiendo por buena presentación o incluso buen aspecto. Desconozco el aporte vitamínico de la comida de La Vietnamita, pero lo que es por los ojos entrar no entra, y por la boca a duras penas. ¿Será por eso por lo que se se paga por adelantado? Pero ya digo que esto es un asunto muy subjetivo y, como dice el dicho popular español, para gustos los colores.

La Vietnamita
http://www.lavietnamita.com
C/ Torrent de l'Olla Nº78
Metro: Fontana